Creador de libros de cuentos como Los cobijos y Cassette virgen, novelista –El exceso (2012) y Luto (2017)–, traductor y crítico literario, el argentino Edgardo Scott firma Paseantes (Gatopardo Ediciones), un atrayente ensayo en el que piensa sobre las diferentes categorías de paseantes –los flâneurs, los paseantes, los peregrinos y los walkmans– mediante diferentes contenidos escritos y autores que hicieron del arte de caminar una poética y una manera de estar en el planeta

–En su ensayo dedica un capítulo a los walkman, ¿Son los últimos paseantes hasta el día de hoy?

–De todos modos, ahora se ha producido una mutación respecto a la figura de los walkmans, si bien, en el momento en que escribí este ensayo entre 2015 y 2016 todavía no era tan masivo la utilización de audífonos inalámbricos. Por entonces, en contraste a en este momento, la figura de los walkmans se encontraba relacionada a los años noventa y al hecho de percibir música mediante ese aparato, el día de hoy desaparecido. En este momento prácticamente todos somos walkmans pues andamos con los audífonos inalámbricos, lo que ha producido, como pasa con la tecnología, una modificación del sentido musical que tenía el viejo aparato de los años noventa.

–Hay algo que no cambia: percibir música. Ahí es donde usted pone el acento.

–Me semeja atrayente dado que la música se logre transformar en una manera de ambientar el recorrido, tal como en un procedimiento de protección frente al estruendos de la región. Y en el momento en que hablo de estruendos no quiero decir que la pulsión sonora de la región, refiero a los claxon o las voces. Quiero decir que la fealdad urbana que nos ataca, a las ocasiones violentas, a las imágenes hostiles y impúdicas de esa propaganda persistente que nos hostiga… De ahí que, percibir la música que nos atrae se regresa la única forma de aislarnos y de lograr realizar un recorrido solitario en la mitad de la multitud.

–¿Ser un hombre de la multitud pero estar, al tiempo, apartado?

–En El hombre de la multitud, el cuento de Edgar Allan Poe, hay una suerte de fuerza viva, presente en sus cuentos, siempre y en todo momento al máximo con lo fabuloso y lo extraño. Hablamos de una fuerza viva que se desplaza de aquí para allí, que jamás se queda quieta y que el narrador jamás puede lograr. Se podría charlar de un pulso alienado. En frente de este contexto en el que se anota el hombre de la multitud podemos encontrar al flâneur, icono de las ciudades modernas, al que imaginamos con galeras y bastón paseando por París o por cualquier otra urbe actualizada tal y como si fuera una efigie. El flâneur es el diletante, alguien que tiene tiempo para perderlo. Aquel que se regodea con su imagen. En él hay el narcisismo que lo distingue, entre otras muchas cosas, del paseante,  una figura mucho más relacionada a la ensoñación. El paseante es aquel que tiene tiempo para caminar, pero que explota la caminata para fantasear y soñar con sus deseos y proyectos.

–¿El flâneur es un favorecido?

–Completamente. Creo esencial apuntar esta situación de privilegio. El libro es resultado de un afán clasificatorio que nace al notar de qué forma las diferentes categorías de la caminata eran utilizadas. Mi propósito era el de investigar, no con objetivos académicos, sobre el acto de caminar. Al llevarlo a cabo me percaté de que el flâneur está muy relacionado a una temporada específica y el día de hoy resulta impropio charlar de flânerie salvo que no lo hagamos de manera metafórica. Pues por el momento no hay los flâneurs.

–¿Y los peregrinos?

–No hay en el sentido original del término: el día de hoy es realmente difícil conseguir a alguien que camine de un espacio a otro por una razón específica, así sea por la fe, amor o un ideal… Además de esto, hay que tener en consideración que antes la peregrinación se encontraba relacionada al hecho de que no había opción alternativa a caminar. Se peregrinaba por causas cariñosas, se recorrían km para poder ver a alguien amado por el hecho de que de otro modo era irrealizable verse. La verdad cambió totalmente y la categoría de peregrino, como la de flâneur son el día de hoy de museo. Quiero decir que las expresiones en su forma así, pues, desde un criterio metafórico, prosiguen estando y siendo válidas. Tenemos la posibilidad de proseguir comentando de peregrinaciones para detallar acciones tan diarias como la de sortear el tráfico en hora punta o llegar puntuales a la presentación de un libro.

Edgardo Scott / LUIS MIGUEL AÑÓN (CG)

–Lo que pasa con la peregrinación es que en este momento es una oferta turística.

–Tenés razón. El turismo proporciona emular a las peregrinaciones. Para mí, el icono de la peregrinación es la experiencia contada por Herzog, que, en el momento en que se entera que una amiga está enferma en París, escoge partir desde Múnich y también ir caminando hasta la ciudad más importante francesa. Hay algo ido en esta resolución. Al tiempo, tiene dentro una gran fe. De todos modos, la peregrinación no puede desvincularse de la fe, si bien no sea siempre religiosa. Debe ver con el hecho de realizar algo extremista en un sentido profundo, algo que requiera un esfuerzo, renunciando a la tranquilidad y a la agilidad.

–El relato de Herzog me recuerda Una historia verídica, la película de David Lynch, donde se cuenta el largo viaje de un campesino en su tractor para poder ver a su hermano enfermo.

–No he visto esa película. Conozco bien el cine de Lynch, pero siempre y en todo momento hay una película que no viste. Se puede peregrinar yendo en tractor, que es una manera de romper con la agilidad, llevar a cabo un esfuerzo para moverse rehuyendo de las vías habituales. Esto apunta lo que comentaba: las expresiones prosiguen actuales, si bien no en su forma así. Charlar de una peregrinación en tractor es sortear la literalidad y explotar la aptitud metafórica de las expresiones, que cada vez están en retirada. Nos encontramos acosados por la literalidad. Las expresiones pierden la aptitud de representar otra cosa diferente a la que significan.

–¿Es el ensayo el género mucho más conveniente para pensar sobre el caminar?

–Indudablemente: el ensayo es una manera de caminar sin mapa. La literatura que me resulta de interés debe ver con formas híbridas donde se muestran el ensayo o el reportaje. La ficción clásico y, mucho más específicamente, la novela en su forma mucho más tradicional no me resulta interesante bastante, a menos que conlleve un desafío formal. Hace veinte años criticábamos los bestseller y el día de hoy poseemos literatura que adopta sus fórmulas, si bien las coloque a contenidos mucho más superiores, serios o frágiles. En el final lo único que se hace es novelar cuestiones sociales que lo que requerirían, si hubiese un auténtico deber político y literario, es el género reportaje o ensayístico. Esto es, la no ficción. ¿Quién mencionó que la no ficción no es literatura? Por supuesto que sí. Montaigne o Sir Thomas Brown no son peores de Gide o Baudelaire. El ensayo me da independencia y deja un deber no solo con la verdad, sino más bien con la invención. Nos encontramos familiarizados a conocer la imaginación únicamente relacionada a la ficción, pero es un fallo. La imaginación no debe ver con la aparición de extraterrestres y hechos extraños, ni tampoco está relacionada con ciertos géneros. La imaginación debe ver con la mirada.

Edgardo Scott / LUIS MIGUEL AÑÓN (CG)

–¿Si cambia la mirada cambia el espacio por el que andamos?

–Charlamos de la mirada, pero asimismo nos podríamos referir a la lectura, pues ver es leer. Para lograr ese nivel de atención que necesita ver es requisito ir un tanto a contracorriente. Habitamos un instante en el que todo nos distrae; vamos nuestros ojos hacia muchas cosas, pero nuestra mirada es desatenta. No observamos enserio. Hay gente que no sabe dónde vive, cuáles ni de qué manera son las 4 calles que cubren su casa. En el libro trato de recobrar la atención que perdimos. Creo, además de esto, que, como afirmaría Joyce, tener algunas epifanías solo puede conseguirse si se observan las cosas detenidamente. Es esencial tener, durante la día, instantes en los que resulte posible respirar y retener algo de todo eso que se vive.

–¿Oír música no supone parar de mirar lo que nos circunda?

–Podría ser de este modo y, indudablemente, la mayor parte de la multitud que escucha música mientras que anda va enajenada, sin ver nada de cuanto sucede a su alrededor. No obstante, yo, que soy de una temporada donde se charla de la música servible, me agrada meditar que la música que se escucha mientras que se anda crea un ámbito. Es tal y como si se estuviese en una película, donde la música crea y pertenece a la escena. Por consiguiente, en vez de pensarla como alienación veo la música como algo que nos acompaña y nos deja capturar con mucho más sensibilidad lo que nos marchamos podemos encontrar en el sendero.

–Quisiese regresar a esa iniciativa de que caminar es una manera de leer un espacio.

–Un escritor que admiro bastante, Damián Tabarovsky escribió una columna donde señalaba que el libro toma el caminar como una sinécdoque de la lectura. Para mí es de esta forma: el caminar es como un vector de lectura; por eso el libro logre definirse asimismo como un ensayo de crítica literaria. Durante sus páginas no hago otra cosa que leer a un elevado número de autores. Y de todos ellos hago una lectura personal.

Edgardo Scott / LUIS MIGUEL AÑÓN (CG)

–¿Su libro es asimismo un ensayo sobre literatura?

–Para mí fue liberador redactar un ensayo de crítica literaria, pero sin los capitales comunes, que los confinan al campo académico. El libro me permitió leer contenidos escritos literarios y regresar a autores desde una exclusiva puerta de entrada. La única condición que me puse en el momento de nombrar estas proyectos es que yo debía sentirme con la capacidad de decir algo sobre ellas. Por ese fundamento no hace aparición citada en ningún instante Glosa, la novela de Juan José Saer que cuenta una larga caminata. Sentía que no tenía nada que decir sobre ella ni sobre su creador.

–Quien sí hace aparición es Borges, al que le dedica múltiples páginas.

–El Borges joven, el que mucho más me agrada, era un caminante un tanto al estilo de Virginia Woolf: alguien que hallaba en la marcha un tono de reflexión y también imágenes muy sugerentes. En el momento en que se queda ciego, se regresa sedentario. Pierde la oportunidad de caminar y de leer solo. Su literatura cambia. Desde 1955, en el momento en que ahora tiene sesenta años, Borges es un creador que se reitera y que se regresa reaccionario. Es un Borges que no me resulta interesante, salvo que no sea para criticarlo. No obstante, el joven…

–El popular orillero

–Ciertamente. Ese es el escritor que amplía las fronteras de la literatura argentina.

Edgardo Scott / LUIS MIGUEL AÑÓN (CG)

–Otro creador al que cita es Ian Sinclair, un caminante que mira ahí donde otros no ponen el foco.

–Tengo la fortuna de ser amigo de Sinclair y de haber traducido 2 charlas suyas con el título de Los ríos perdidos de Londres. En ellas charla sobre los ríos que se pavimentaron. Para mí, la experiencia poética, como pasa en Sinclair, debe integrar la experiencia crítica y, al reves: toda experiencia crítica incluye siempre una experiencia poética. No solo no están divorciadas, sino las dos deben estar juntas. Cualquier poética ha de ser una manera de política que nos integre y que nos realice ganar a todos. No comprendo la experiencia poética como una manifestación narcisista. En Sinclair podemos encontrar todo lo mencionado. Es un caso de muestra de una literatura que dota de imaginación a lo reportaje. Los libros de Sinclair son reportajes espectaculares, tienen una enorme dosis de imaginación poética.

–¿Podríamos decir lo mismo de Sebald?

–Sebald es como un tío. Un día me contó Sinclair que la única vez que se halló con Sebald fue en un ascensor. Viajaron tres o 4 pisos juntos, sin intercambiarse ni una palabra. Sinclair, enorme admirador de Sebald, no se animó a mencionarle nada.

–Usted protege lo político como algo inseparable a lo poético. Varios vacían de contenido político cualquier género de expresión artística.

–Todos nos encontramos super ideologizados. Jamás, desde los años sesenta, la ideología fue tan fuerte. El día de hoy todos y cada uno de los alegatos están empapados de ideología. Por otra parte, nos encontramos asimismo superdespolitizados en lo referente a la iniciativa de la vida en común, como afirmaría Agamben. No pensamos la política como un bien colectivo. La ideología es lo que deberíamos dejar de lado para charlar de política y meditar los intercambios y el poder. Es paradójico. Nos encontramos llenos de libros que nos mandan mensajes morales, escolásticos, sobre de qué manera debemos vivir, de qué forma debemos ser mucho más sanos o mucho más tolerantes, etcétera. Vivimos extraños al hecho de meditar el planeta y nuestras sociedades. No somos capaces de ver la verdad.