En la época de noviembre, un cuadro de Marc Chagall robado por los nazis se vendió por 7,4 millones de dólares estadounidenses en casa de subastas Phillips de Novedosa York. Tenía que ver con  El Padre, un  óleo que este reconocido artista ruso pintó a lo largo de su primera estancia en París, en 1911, y que representa, como su nombre señala, a su progenitor. “¿Habéis visto en algún momento en las pinturas florentinas a uno de esos individuos con la barba nunca afeitada, los ojos cobrizos y al unísono color ceniza, y la tez de barro cocido y cubierta de pliegues y arrugas? Ese es mi padre”, redacta Chagall en Mi vida, su poética autobiografía, publicada en castellano por Barranco.

Si bien sus cuadros no han alcanzado jamás los costos de Picasso o Matisse, Marc Chagall se considera una de las considerables figuras del modernismo europeo.

Primeros pasos

Nativo de el seno de una humilde familia judía ortodoxa de los aledaños de Vitebsk, el día de hoy Bielorusia —su padre era usado en un almacén de arranques, su madre vendedora de comibles— Chagall medró en un ambiente marcado por las tradiciones religiosas y culturales del judaísmo hasídico, que lo influenciaron como artista y como persona.

El mayor de nueve hermanos, se formó en la sinagoga (en el imperio ruso de aquella temporada, los pequeños judíos no eran admitidos en las academias ni en las universidades), hasta el momento en que con 13 años, su “intrépido madre” sobornó a un instructor con 50 rublos a fin de que lo aceptaran en la escuela de secundaria del vecindario. Fue allí donde descubrió el dibujo —”lo que mucho más me agradaba era la geometría”, redacta —y lo que deseaba ser de mayor: pintor.

“¿Qué? ¿Pintor? Tú andas orate. Permíteme meter el pan en el horno. No me incordies, que me está aguardando el pan”, le respondió su madre en el momento en que oyó por vez primera su ocurrencia. Pero fue asimismo su madre quien lo acompañó al taller de Pen, un artista local que ofrecía tutoriales de pintura académica. Mucho más adelante, deseoso de estudiar técnicas novedosas, se fue por  su cuenta primero a San Petersburgo, entonces a París, en 1910, donde se contagió de las corrientes vanguardistas y desarrolló sus vibrantes y coloridas lonas, en las que mezcla figuras flotantes, animales extraños, panoramas urbanos desvencijados y símbolos religiosos, inspirados en sus recuerdos de Vitebsk.

El nazismo y la guerra

Con la intención de hacer una familia al lado de su mujer Hermosa, regresó a Moscú, pero ganarse la vida como artista en la novedosa Rusia soviética le resultaba realmente difícil, conque en 1923 volvió a París. Su llegada coincidió con la amenaza creciente del nazismo, la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, demoliendo el planeta judío que nutría su imaginación. Su pintura se vio perjudicada por esta etapa convulsa de la historia. Se volvió mucho más obscura.

«Los cuadros de Chagall están siempre y en todo momento íntimamente unidos a la verdad de su historia, pese a su contenido con frecuencia fabuloso. O sea singularmente visible en sus proyectos de los años 30 y 40, en las que refleja precisamente la verdad política que le circunda y busca un lenguaje visual conveniente tanto para sus vivencias personales para la Shoah”, enseña Ilka Voermann, comisaria de la exposición Chagall: World in Turmoil (Chagall: el planeta en ebullición), que puede verse en el museo Schirn de Frankfurt hasta el 19 de febrero de 2023.

60 maravillas artísticas

Reuniendo mucho más de 60 maravillas artísticas, entre pinturas, proyectos sobre papel y diseños de vestuario, la exposición explora de qué manera estos desastrosos hechos del pasado siglo alteraron la paleta de Chagall y complicaron su temática, distanciando su arte de adjetivos como  “poético, soñador, escapista” ,que hasta el día de hoy lo habían definido, según Voermann.

La exposición comienza con el óleo Soledad (1933), que exhibe a un judío barbudo sentado sobre la yerba, viendo hacia abajo, pensativo, envuelto en el mantón de frases, y a una vaca de mirada triste tocando el violín. En el horizonte se ciernen nubes de tormenta, que intimidan a un ángel de alas blancas. “Pintado en contestación a la llegada de Hitler al poder en Alemania ese año, hablamos de una obra premonitoria y lúgubre, sin los refulgentes azules y colorados que caracterizaban hasta la actualidad al artista”, apunta la comisaria. “Nos encontramos frente a una imagen muy reveladora» que refleja el creciente pesar de Chagall por «el planeta del que procedía», añade.

Frente a la creciente amenaza del nazismo, Chagall, al lado de su mujer y también hija, decidió dejar París. En su huída pasó por Marsella y la Costa Azul, y recaló en Tossa de Mar (Costa Brava), en los veranos de 1933 y 1934. En el mes de mayo de 1941, observando que la persecución a los judíos ahora era incontenible, escaparon a Novedosa York.

Pintura en el exilio

Desde la seguridad de su nuevo hogar en el Upper East Side de Manhattan, Chagall pintó cuadros como La guerra (1943), en el que se ve una localidad pintada en su estilo fantasioso frecuente, pero cubierta en llamas, o  El ángel que cae (1947), una mujer roja y alada que se precipita contra el suelo en el contexto de una localidad gris ceniza —su Vitebsk natal —y la figura de Cristo en la cruz.

“Al conjuntar la iconografía cristiana con símbolos judíos, Chagall desarrolló una exclusiva narrativa y estilizó a Cristo como mártir judío”, apunta Voermann. “Con la crucifixión, Chagall halló un fundamento personal con el que emprender la persecución y el extermininio de los judíos en Europa, sin referirse de forma directa a la situación histórica en sus cuadros”, añade.

Exposición sobre Chagall / © SCHIRN KUNSTHALLE FRANKFURT 2022 – NORBERT MIGULETZ

A lo largo de los años que vivió en Novedosa York, sus proyectos se centraron en temas existencialistas como la identidad, la patria o el exilio. Resaltan asimismo los decorados que efectuó para el American Ballet, como Aleko (1942) y El pájaro de fuego (1945). El dramaturgo Henry Miller le llamó entonces “un poeta con alas de pintor”.

Chagall regresó a Europa en 1948. No fue un regreso simple. Su mujer Hermosa había fallecido 4 años antes y la seguridad del holocausto —constatar que millones de compatriotas judíos habían sido asesinados en los campos de concentración —le generaba verdadero horror.

“El sentimiento de Chagall de estar desgarrado entre USA y Europa, entre Hermosa y Virginia (Virginia Haggard, su quiere de llaves, su novedosa pareja), entre el pasado y el presente, asimismo se realizó aparente en las proyectos efectuadas antes de su regreso a Francia”, enseña la comisaria.

Este enfrentamiento interior de Chagall se hace singularmente patente en sus retratos con 2 caras, en los que con frecuencia mezclaba su rostro con el de su finada mujer o, como pintor con 2 caras, viendo simultáneamente al cuadro y a su modelo.  Otro ejemplo es “El Buey Despellejado” (1947), un cuadro inspirado en una obra de Rembrandt, donde el cuerpo despellejado de un bueyl hace aparición desgarrado y suspendido en el aire, boca abajo, tal y como si podría haber sido crucificado. A sus pies, un gallo escapa aterrorizado. De fondo, la localidad de Vitebsk, con los tejados neviscados, en tranquilidad bajo la obscura noche: la revelación del Holocausto, y el salvaje sacrificio que va a suponer para el pueblo judío.