He leído estos días un ensayo sobre la soledad: El cielo vacío (Siruela), de Marjan Bouwmeester. Hay una soledad consistente en ausentarse y, al unísono, concentrarse un tiempo aproximadamente largo; es recomendable y sano llevarlo a cabo de manera periódica. Deja lucrarse de mil formas ganando privacidad y capacidad para entonces tener relaciones de mejor modo con el resto. Asimismo por ello son primordiales las vacaciones; resulta conveniente poner tierra –y tiempo— por el medio para conseguir beneficio.

Pero la autora de holanda que cito charla mucho más bien de la tristeza de sentirse desconectado, sin estar solo; el pesar que genera no ser reconocido ni atendido con bastante amabilidad, o tratado con indiferencia, tal y como si no existieses. Solo quienes llegan a comprender lo que es la soledad tienen la posibilidad de querer y ser hospitalarios, el arte de llevar a cabo sentir próximos a otros.

La misantropía es otra cosa, es tener aversión al trato con alguno, y no en todos los casos gracias a inmejorables inseguridades o timideces. Podríamos charlar de quienes se saben rechazados por el resto en un ambiente, y a quienes se les hace el vacío o son sometidos a acoso, saboteados o perseguidos. A veces, uno mismo puede sabotearse y cerrar el paso a quien se precisa ser. Es el derrotismo una actitud recurrente y perjudicial, doblegarla necesita asistencia externa para hacer mas fuerte la intención y el interés: aprecio, seguridad y conciencia. Tener conciencia es tener un planeta, es tener expresiones para expresar un papel y también imaginarlo, poder mudar de visión; y descubrir u esconder, según convenga.

Marjan Bouwmeester relata a la letrada canadiense Emily White, quien escribió un relato sobre una treintañera solitaria, poco a poco más alejada del resto humanos; llevaba el título de Lonely, traducido como La habitación vacía. Estas lecturas me llevan a un tema que el día de hoy me preocupa: el espacio político vacío.

De hecho, un espacio vacío es un espacio libre y desaprovechado. Yo, en mi caso en particular, echo de menos a un partido de la ciudadanía. Lo hubo una vez en Cataluña, en este momento es una sombra. Partió de la nada y se realizó referencia indispensable en oposición al establishment separatista. Su campo era plural y diverso, y su denominador común era el apego a la verdad. Pretendían restablecerla y tenían por propósito “devolver la política al espacio público y desvincular su administración de las ataduras sentimentales”. Por ello el sistema nacionalista repitió –y no para de llevarlo a cabo aún el día de hoy— el mantra de que nacieron para ir contra Cataluña; una patraña repetida miles y miles de veces no deja de serlo. Sin otros medios que el capital humano, esos frikis se planteaban vencer sin complejos la exclusión y sinrazón nacionalista. Por todo como debían ser una fuerza de aluvión y transversal que no se redujese a una ideología específica. Su arma era el espíritu crítico aplicado al enfrentamiento racional. No sin contradicciones y serias torpezas, se hicieron un hueco en el espacio político que fue medrando de manera improbable y solamente imaginable por absolutamente nadie. Si bien siempre y en todo momento torpedeados, se fueron abriendo paso por ese espacio vacío. Era su medio natural. En unas situaciones inusuales triunfaron las selecciones, tanto en escaños como en votos. Fue prácticamente la intemerata.

El caciquismo que se había instalado en sus filas fue destructor para su porvenir. Se impuso el seguidismo y la mediocridad, y se castigó la discrepancia interna. No solamente se desatendió el trabajo de penetración del emprendimiento, para llevarlo a cabo eficiente en extensas capas sociales, sino se menospreció esa tarea de manera olímpica. Su líder indiscutible brincó a La capital de españa y aupó al partido en toda España, en la iniciativa de sobrepasar la política de bloques: derechas y también izquierdas. Terminó por contradecirse con una obstinación absoluta, delirante. Su desconexión con la verdad, contra el primer mandamiento de la interfaz que lo escogió, llevó a un peor, irrealizable. No solo fue cosa de inmadurez, fue la soberbia del amo –ebrio por su suerte y adulado por su círculo cortesano y servil— la que le llevó a divertirse y perder un patrimonio que no era de el, sino más bien de sus trabajadores que despreció. Desde ahí, un caos cantado.

Ni que decir debe el espacio está en este momento vaciado. Lejos de alegrarme, como hacen los buitres, me apena y me preocupa. Entre aquéllos que se alegran de la hecatombe están los rebotados y no pocos dañados por la cúpula. Allí cada quien. Veremos qué se hace en los próximos días para reflotar un emprendimiento sugestivo para la ciudadanía, y también evitar que el vacío sea implacable.