Un twitero zumbón escribía el pasado día: “¿Y en este momento que se ha acabado el año Ferrater qué haceréis todos?” (siento no rememorar el creador de la oración) y resulta que es cierto, se terminó el Año Ferrater y quizás sea hora de ir realizando cómputo. De buenas a primeras, lo que está claro es que fué considerablemente más profundo que otros centenarios próximos que pasaron considerablemente más inadvertidos o que, simplemente, no lograron sacar al público de la atonía o la inercia. Y eso que Ferrater compartía su año con otro peso pesado, Joan Fuster, que dió asimismo bastante que charlar con apariencia de congresos, reediciones y productos en prensa. 

El Año Ferrater dejó, por lo menos, 2 enormes libros. Uno es Vencer el temor, del superbiógrafo Jordi Amat (Tusquets), y el otro es Conceder nous als nens (Comanegra), que se constituye de un prólogo y una antoogía preparados por la supercrítica Marina Porras, (en todo el año se publicó asimismo el trabajo de Jordi Ibáñez Fanés, que no es objeto de este producto). Se abre el libro de Amat con un capítulo-prólogo que comienza en el instante mismo en que murió Carles Riba, y lo que implicó esa muerte para Ferrater. Amat abre la función con una genuina batería de datos, con un anticipo de lo que mucho más domina, y lo que mucho más domina es lo que mucho más le encanta: el material del archivo de los escritores catalanes entre 1939 y la estabilización del pujolismo: no hay relación, edición, aparato, bar, tertulia, premio, jurado, papel olvidado, servilleta garrapateada o anécdota que se le escape, es una ametralladora. Las redes culturales en las que se desarrolló Gabriel Ferrater (a su hermano Joan ahora le había dedicado muchas páginas de El llarg procés), en oposición al noucentisme otoñal (“dominical”, afirma) por servirnos de un ejemplo de un Tomàs Garcés, nos son descritas con un nivel de aspecto que prosigue echando de espaldas aun al lector asiduo de Amat, habituado a su aptitud analítica. El talento de Amat es rizomático y narrativo, en el momento en que le toca pasar a argumentar el tema por el principio (los orígenes de la familia Ferraté y el contexto reusense), se aprecia que la cuestión le semeja un tanto mucho más confusa.

Vigencia de Gabriel Ferrater / DANIEL ROSELL

No sucede de esta forma en el prólogo de Porras, verdaderamente importante. Es interesante como una misma historia puede datos tan distintas siendo substancialmente exactamente la misma materia histórica. El estilo de Porras es considerablemente más expresionista que el detallista de Amat. Allí donde él pasa en ocasiones el escáner totalizador, Porras hunde el escalpelo. Es verdad que el formato (unas pocas ochenta páginas) no deja a Marina Porras espacio para la digresión, lo que la ordena a ser considerablemente más conceptista que Amat, pero asimismo es considerablemente más radical, y este estilo que charla mucho más prominente de machismo, mierda, puteros y putrefacción encaja bien con la obscuridad de fondo que encabeza la personalidad complicada y atormentada de Gabriel Ferrater. Amat ve más que nada en él a un inadaptado, o mucho más bien a un inadaptable inútil de tomar parte de su sabiduría indomable. Porras, sin desplazarse de ese análisis, lo ve como un personaje aún mucho más atormentado, con mucho más íra dentro que tristeza o temor, lo equipara con el Enorme Gatsby, y acusa a los escritores de la noche barcelonesa de haber metido bastante a Ferrater en la bebida, que es lo que por último lo llevó al desastre y al suicidio. 

Amat detalla con perfección el género de trabajo que desempeñó Ferrater desde el instante en que comenzó a tomar notas sobre Carner, Foix y Ausiàs March hasta el momento en que, en sus último años, se dedicó a la lingüística muy seriamente hasta el punto de soliciar a la Universitat Autónoma que le dejase impartir esa asignatura, pasando por sus años centrales de trabajo para la editorial Seix Barral. Porras influye mucho más en el ámbito pijo y superficial que rodeaba al poeta, es mucho más dura con ese ensayo de gauche divine que (cree) fue la Escuela de Barcelona, a la que resta relevancia y suma frivolidad, en una intención estable de deshacer mitos.

Sabiduría insaciable

No le atraen a Amat las cosas de los notarios, sobre las que Porras sabe bajar brochazos arriesgados que caracterizan a los familiares de Ferrater con 4 trazos, acertando siempre y en todo momento. Afirmábamos que los antecedentes reusenses no son la parte que parecía atraer mucho más a Amat. Pero da igual, próximamente llega la guerra civil y nos llama la atención un Gabriel Ferrater realizando el punki, robando, tomando, de putas, afiliado puntualmente a la CNT (a lo largo de la Revolución era obligación estar sindicado), y continuando con sus correrías oscuras a lo largo de la primera postguerra. Gabriel Ferrater no decidió llevar a cabo nada singularmente serio hasta mediados de los años cincuenta, en el momento en que entre Riba y Valverde lograron ponerlo mentalmente en vereda. Si algo nos llama la atención de este periodo del biografiado es lo amoral de su vida como señorito oscurecido, y un cuadro familiar digno de una novela de Faulkner o de Lovecraft, una crónica de un decaer burgués por medio de unas décadas sucias.

Esa conexión entre la Barcelona liberal de la preguerra y los déficits estructurales de los años 40 y cincuenta llenan una sección importante del libro. Al final de cuenta, Jordi Amat es un historiador cultural, y le agrada atender a los intersticios y las argamasas de los campos literarios. Porras disecciona la literatura de Ferrater y Gil de Biedma con un enfoque mucho más metodológicamente escéptico. Esta parte mucho más seria de las influencias sobre el crítico Ferrater no hace aparición en la síntesis de Marina Porras.

El poeta Gabriel Ferrater

El poeta Gabriel Ferrater

A todos y cada uno de los salvó la literatura, la biblioteca paterna, llena de libros de Carner y de novelas en sus lenguas extranjeras. Por su conocimiento completo de Carner, Ferrater ha podido transformarse en el paso adelante que precisaba esa edad dorada de la civilización catalana, que no se atrevía a examinar intensamente las discordancias y fracturas de la modernidad plena. Ese temor a liberarse de las moralidades blandas (la enorme cruz de la civilización catalana) no lo tenía Gabriel Ferrater, cuya poesía decidió tomar de Valery Larvaud o de T.S Eliot sin las prevenciones del pensamiento planchado y ordenado y solo cada domingo. Porras trae a colación la keyword en el momento de comprender la modernidad ferrateriana: “interpersonal”. Esa poesía sobre sentimientos universales, redactada a media voz, sin campanas ni trompetas, ni banderas, no se encontraba redactada para ser declamada, sino apelaba a un lector preciso, único y personal, libre de megalomanía y de ideologías intrusas.

Sabíamos que, desde prontísimo, Ferrater odiaba cualquier ideología y que antes de llegar a viejo, antes de heder a cosa pasada, pensaba suicidarse con cincuenta años. Aproximadamente lo que logró su padre, a fin de que su familia cobrara un seguro de vida con el que poder subsanar sus deudas. Pero, por sorpresa, flotando sobre interpretaciones psicologistas simples, no es este drama paterno el que encabeza la biografía de Amat, o no de manera completamente directa. Porras tampoco insiste bastante en ello: sí examina el mal efecto que ha podido generar en los jóvenes nacidos en los años veinte la sencillez con la que la política republicana se volatilizó sin dejar ningún indicio. El inconveniente de Ferrater es que no sabía qué llevar a cabo con su sabiduría insaciable. Era un pésimo estudiante, no podía aplicarse a nada, no sabía estructurar su pensamiento, quemó un dietario de aforismos que parecía excelente, no daba pie con bola y no semeja que el alcohol ayudara bastante a enderezarlo.

La página clave de Vencer el temor es la 149, de la que extraeremos múltiples extractos, pues es donde semeja que Amat muestra su hipótesis general: “La paradoja es que este comprender iluminador, que maravillaba a quienes lo veía en acción, Ferrater era inútil de integrarlo en su historia práctica. El contraste era muy fuerte. ¿Un exceso de sabiduría? Semeja mucho más configurado decir un demonio de intelecto, por el hecho de que no le dejaba ni le dejaría de ir corroyendo”. Ferrater era un excelente inmaduro, un temeroso nihilista, un narcisista exagerado: “En ocasiones se escapaba de la contradicción tomando para no dejar de relucir, para alentar la lucidez y cautivar una noche y otra, y ver de qué forma lo veían los que le escuchaban embelesados. Pero lo mucho más frecuente era no poder huír de la constatación a la que lo llevaba la contradicción de su historia: era un adulto que no sabía ni deseaba ni podía vivir como vivían los mayores”.

Banquete de sabiduría

Y, por último: “Claro que había quien podía verlo como un hedonista impresionante, un hombre torpe incapacitado para vivir como alguien de su edad, pero que al tiempo podía ser cautivador. Atento, simpático, desprendido. Pero él veía otra cosa: el temor de fracasar en la vida adulta”. Era un inmaduro díscolo. Un apasionado de los bares que no sabía actuar con absoluta naturalidad frente a las mujeres, o admitirlas sin imaginarse moldes fantasioso para ellas. Era una criatura sí, y sus parejas de este modo lo recordaron, con la capacidad de sentir una inocencia intensa, aun excesiva. Una inocencia inolvidable.

Gabriel Ferrater, imagen recogida en 'Les dones i els dies' / EDICIONS 62

Gabriel Ferrater, imagen obtenida en ‘Les dones i els dies’ / EDICIONS 62

Pobre Ferrater, formado entre los algodones de una burguesía catalana letrada, el desengaño de un padre considerablemente más frágil de lo que parecía, un derrumbe civilizatorio, la ley de la selva de los campos, la necesidad de ser contemplado, escuchado y amado, el alcohol desde buena mañana, la soledad y el precariado profesional. Un individuo tan presumida y frágil no podía llegar lejísimos guardada en un intelecto tan refulgente como desorientado. Gabriel Ferrater no se ha podido amoldar ni a sí mismo. Podría decirse que solo logró hallarse a medias en ciertos momentos o destellos. Otros escritores poderosos fueron asimismo un tanto de esta manera (pienso en Larra o Costa o José Agustín Goytisolo). Y, no obstante, era un lector insuperable, y un crítico superdotado. Lo atestiguan varios de los contenidos escritos que ha elegido Marina Porras, los aplicados a Pompeu Fabra, Marcel Proust, James Joyce, Robert Frost, Franz Kafka o Converses Baudelaire. Todo el planeta coincide en un punto: qué lástima que un hombre de este modo acabara tan mal, y que el país fuera inútil de aprovecharlo mucho más. Absolutamente nadie escribía de esta forma en Cataluña entre los años 50 y 1972, instante en que el poeta no ha podido aguantar la visión de continuar viviendo enfermo hasta el momento en que su hígado afirmara terminantemente basta, y se anudó una bolsa de plástico en la cabeza.

De esta forma acaba la biografía de Amat, que se lleva a cabo circularmente entre 2 muertes: la culturalmente aciaga de Carles Riba y el horrible suicidio de Ferrater. Esos contenidos escritos antologados por Porras son una celebración para el intelecto. No se pierdan este banquete de sabiduría y precisión, literatura analítica y universal en estado puro. Ferrater era un alma matemática bastante sensible, y esta naturaleza problemática es la que logró viable este chorro de vitalidad literaria que tan bien supieron reconstruir Porras y Amat. Solo por estos 2 fundamentos, la publicación de 2 libros tan atrayentes, ahora valió la pena el centenario que en este momento termina.