Es un rostro inescrutable, el de Felipe González. De esa cara brotan múltiples interpretaciones y todas y cada una obedecerán a una situación, la pluralidad que existe en España. Los ángulos que se toman para procurar escudriñar al personaje fueron y son diferentes. Y la cuestión es que esa figura todavía es omnipresente, por su legado, y por sus pronunciamientos, no menos esenciales los que emite justo en este momento. Ese rostro se expresa en el momento en que es invitado a toda clase de hechos, sea en una entrevista televisiva o en el 40 aniversario de la victoria del PSOE en 1982. Pero, ¿de qué forma contar, exactamente, lo que ha concepto, no tanto él mismo como su generación? Aquí asimismo hay diferencias, por el hecho de que lo que se quiere hallar obedece a pretenciones bien diferentes. Es la situacion de 2 trabajos que se han anunciado durante este otoño: Un tal González (Alfaguara), de Sergio del Molino y Por el cambio, de Ignacio Varela (Deusto). Es atrayente la lectura paralelamente de los 2 libros. Los hechos, claro, son coindidentes, pero los desenlaces los verificará cada lector, desde lo que quiera conseguir.

Un amigo me refiere una primera constatación, desde el rigor académico y de la clasificación que esos 2 trabajos meritan. En una temporada donde prima la autoficción, esos libros que venden y venden, sagas familiares de gran éxito –los que no agradan para nada a la autora Carmen Posadas, como manifestó en Letra Global, es requisito distinguir entre el llamado pacto autobiográfico y el pacto ficcional, así como lo estableció Lejeune (1975). El elemento vital en la situacion del pacto autobiográfico es el deber de certeza en lo contado. En lo que se refiere al llamado pacto ficcional, lo contado es propuesto para ser considerado o soñado. La académica María José Alcaraz León apunta que lo que caracteriza a la representación ficcional “no es tanto la realidad o falsedad de lo contado como la intención o el deber con el que se muestra”. Y añade: “Si bien lo contado en una ficción fuera cierto lo que establece su carácter ficcional es que se ofrece para ser soñado y no para ser creído”.

Eso es primordial para emprender la obra de Sergio del Molino, un escritor dotado de un colosal talento a fin de que el artículo se mueva y se mueva frente a los ojos del lector, que queda prendado y se conmueve al lado del creador. Del Molino prepara a ese lector al indicar que el artículo que tiene entre sus manos es como una novela histórica, a menos que, en un caso así, el personaje principal lleva por nombre Felipe González, tiene 80 años y todavía es un actor del presente. Pero, ¿es como lo recepciona el lector, es la iniciativa que interioriza en el momento en que termina sus 373 páginas? El regusto que queda es que puede ser un legado literario sobre la figura del expresidente del Gobierno para las próximas generaciones, las que difícilmente van a poder ver los datos de un acto preciso de González en la transición, los que van a tener la percepción de que con él España logró ser un país moderno, sin considerablemente más consideraciones o adversidades.

‘Por el cambio’, el libro de Ignacio Varela 

Del Molino desea enseñar al Felipe que es para los mucho más jóvenes una suerte de monstruo, pues quedó, a juicio del escritor, su parte mucho más obscura, el instante final en el que todo fue corrupción y condenas morales y reales por la situacion de los GAL. Pero entregado a su figura, –lo afirma, lo destaca, tras ayudar a una múltiples asambleas en las que participa el expresidente—Del Molino muestra un fresco de España desde la transición que es importate y resulta preciso. González logró lo que debía llevar a cabo, viene a decir Del Molino, para engarzar España con los países mucho más avanzados de la presente Unión Europea, pese a sus “amigos”. Y puso de pie el sistema educativo y la sanidad pública, una red de servicios sociales y reconvirtió una industria obsoleta, en buena medida pues supo distinguir qué era lo esencial de lo accesorio o lo ideológico.

El papel en el bolsillo de Guerra

En el libro Del Molino se insite en que Felipe González y Alfonso Guerra fueron amigos, más allá de que se fuesen alejando por la praxis política. En cambio, Ignacio Varela influye en que esa amistad era muy profesional, con nudos extraños que él mismo no ha conocido desentrañar. Y vale aquí una anédocta que tiene mucha enjundia: Felipe González escribió una corto carta a Alfonso Guerra –era una moda, o una manía, pero los políticos se intercambiaban escritos regularmente más allá de que se puedan ver físicamente cada día—después de las selecciones de 1977 que son un auténtico éxito para el PSOE. Le afirma que él ahora ha cometido su trabajo, el de llevar al PSOE a ser un partido legalizado y competitivo, desde los oscuros días en los que el PSOE dormía en Toulouse con Rodolfo Llopis. Que se impuso en el congreso de Suresnes, que trabajó bastante y que lo desea dejar ahora. Y esa carta se encontraba en el bolsillo de Guerra el día en el que González deja la secretaría general del partido en el congreso del PSOE de … 1997, después de las selecciones de 1996, en las que logra la victoria José María Aznar. Varela cita a Felipe: “¡En el 97 llevaba en el bolsillo el papel del 77! Y sucede que Alfonso siempre y en todo momento creyó que yo hacía esos movimientos para ganar poder”.

En ese papel afirmaba Felipe: “La amistad que subyace –en ocasiones indetectable—en nuestra relación política me ordena a que seas tú el receptor de la resolución. No te engañe la brevedad de la nota. Lo pensé con seriedad y he amado dejar perseverancia redactada y en ti de esa resolución. No sé exactamente en qué instante lo comunicaré a el resto causantes del partido. Hasta la actualidad absolutamente nadie sabe nada”.

Eso muestra esa relación especial con Guerra, que Del Molino como Varela resaltan. Pero los trabajos quieren cosas diferentes. Del Molino reitera que que en un preciso instante, o en múltiples, por el hecho de que es algo progresivo, desde los principios en los que Felipe vive con Miguel Boyer un La capital de españa que ignoraba, los caminos se separan y González se nucléa en actualizar España, con traiciones, sin amigos. Resalta constantemente la puesta en marcha de un sistema educativo que permitió un programa espléndido de becas que dejó, exactamente, a Del Molino estudiar en la facultad. Pero aparece una primera duda, que va alén del libro: Durante los años ochenta, con todo por llevar a cabo, con una presión popular clara, ¿otro presidente hubiese podido realizar cosas diamentralmente opuestas?

Un tal González

‘Un tal González’, el libro de Sergio del Molino

Del Molino se nucléa en el final en el monstruo, en lo que ha provocado mucho más males de cabeza para el expresidente, comprobando, no obstante, que los que le censuraron habían avalado esas práctivas años antes. Son las acciones de los GAL las que brotaban, de manera periódica, como una manera de erosionar al líder socialista. Con un claro personaje principal que actúa despechado: el juez Garzón. Del Molino cuenta, enseña, anota –de manera fidedigna—diálogos, como la entrevista de Iñaki Gabilondo a González, donde este niega cualquier relación del Ejecutivo. Pero, ¿cuál va a ser la lectura de aquí a unos años de ese libro? Garzón queda retratado. ¿De qué iba el juez estrella que fracasa con la operación Nécora, –un escándalo sobre narcotráfico en Galicia—que termina sin los enormes capos entre rejas?

Un triángulo que se derrumba

¿Todo el legado de González, toda esa operación de modernización de España, contra viento y marea, contra los propios ‘amigos’ del dirigente socialista –Redondo y Guerra y otros muchos—debe quedar manchado por la situacion de los GAL resucitado por el juez que se ve menospreciado al no conseguir un ministerio tras ser el número 2 del PSOE por La capital española, tras el mismo González? Esa pregunta oratoria la deja caer Del Molino, a fin de que las futuras generaciones, en el momento en que les charlen del ‘monstruo’ del poder sepan contestar.

Varela busca otra cosa, pero no menos esencial. El analista, que estuvo en la máquina de operaciones del PSOE, –en la estrategia y en el trabajo sociológico y demoscópico— contrasta la aptitud de Felipe González para poner de pie nuestro instrumento, lo mucho más preciso, para lograr lograr el poder. Se nucléa solo en la etapa que avanza entre 1972 y 1982. Y es espectacular, tanto que el libro de Varela se utiliza para dilucidar tantas discusiones sobre la transición, que las novedosas generaciones, las que se aferran a los alegatos de Tenemos la posibilidad de, han menospreciado.

El expresidente del Gobierno, Felipe González, / EP

El expresidente del Gobierno, Felipe González, / EP

Y aquí sí aparece el estratega, el hombre singular que ha podido conseguir algo impensable a inicios de los setenta. No obstante, todo tiene siempre y en todo momento un punto azaroso, extraño, que Varela quiere aflorar. Con todo a favor, es Nicolás Redondo, el hombre fuerte de la UGT, el que renuncia a ser secretario general del PSOE y el que impulsa en los años anteriores al congreso de Suresnes a Felipe González. En ese instante, los componentes hispalenses socialistas, con González y Guerra, opínan en un plan B. Pero no entenderemos jamás que hubiese sucedido con el PSOE con Redondo en su cúspide.

Esa relación es básica. Es un triángulo que Varela resalta entre Redondo, González y Guerra que se desintegra transcurrido un tiempo. La separación con Redondo, bronca, destemplada, llega en 1988, con la huelga general del 14D, que fue durísima para González y que se ha podido, de manera perfecta, eludir. Con Guerra, a inicios de los noventa la relación se realizó insostenible. “Los amigos de Felipe”, como señalaba Guerra a todos y cada uno de los que iba conociendo el dirigente socialista, desde el primer y enorme acompañamiento que le ofreció el empresario Enrique Sarasola, –y siempre y en todo momento con Boyer, que iba y venía—terminaron siendo los esenciales, pues Felipe anteponía lo que él comprendía que debía llevar a cabo, sobre todos.

La «cosa» del PSOE

Ese elemento es común en los 2 trabajos, de Del Molino y Varela. Pero en la situacion de Varela le se utiliza para contrastar transcurrido el tiempo presente, y también reitera que las discusiones de las ejecutivas del PSOE con Felipe, en los hombres importantes que se incorporaron al partido desde la Confluencia Socialista que se había hecho fuerte en La capital española, con consagrados nombres como Alfredo Pérez Rubalcaba. Había diálogo y constraste de ideas, apunta Varela, no como en este momento en esa “cosa” donde “manda uno y 41 mucho más le acompañan”, en referencia al PSOE= “cosa” y a Pedro Sánchez y su ejecutiva.

Varela zanja esos debates estériles que las novedosas generaciones se han empeñado en interpretar, la novedosa izquierda presuntamente ‘novedosa y transformadora’ y el independentismo. Hubo separación, clara, sin paliativos, con 2 personajes principales que se dividieron los papeles: Adolfo Súarez y Felipe González. Este último dejaba a Suárez que tomara sus tiempos, siempre y cuando se cumpliese la meta: legalización de todos y cada uno de los partidos, y selecciones libres sin tutelas, las que llegaron en 1977, con el PSOE como enorme partido de la izquierda, líder de la oposición y presto a ocupar el poder.

La cara, en cualquier caso, prosigue provocando interpretaciones. ¿Es una máscara, un profesional del poder, listo ahora desde muy joven a realizar ‘lo que se debía llevar a cabo?

Los 2 libros retratan la España reciente y, si bien con objetivos diferentes, y con la iniciativa de que se pudo idealizar en un caso, y reclamar el contraste con lo que ocurre en este momento, en el otro libro, la verdad es que se sugiere la lectura paralelamente. Siempre y cuando hayamos aprendido de Lejeune, y de esa distición entre el pacto autobiográfico y el pacto ficcional.