“Cualquier hombre puede pasar un par de días sin comer, pero nunca subsistirá sin poesía”. Hables Baudelaire (1821-1867), ese demonio airado que abrió las puertas de la lírica actualizada al cosmos siempre y en todo momento fértil de la hermosura vulgar y elevó el prosaísmo a los altares del Parnaso, figura capital de la civilización europea, logró una profesión (siempre y en todo momento relativa) del periodismo cultural. Salvaba de esta manera –en este momento entendemos que exitosamente– la extraña paradoja de redactar en los jornales y gacetas de su temporada y, al tiempo, menospreciar, en congruencia con su obstinada vocación aristocrática, el odre de papel que lo acogía. Escupía en su plato.

A su modo, logró virtud de la contradicción: un escritor con la capacidad de oscilar indiferentemente entre la flor y el látigo con perfección podía –y él ha podido– dar columnas y opiniones culturales al horno encendido de lo que en alguna ocasión describió como la exhibe eficaz de “la trama de horrores que acompaña a la civilización”: las gacetillas y periódicos mercantiles. De esta actividad, que no es segrega pero tampoco ha disfrutado mucho más que de una atención muy secundaria por la parte de crítica académica, se desprende una substancia viscosa, a veces perfumada y, en otros instantes, contaminada por el estrechísimo roce con la verdad.

Los semblantes de Baudelaire / DANIEL ROSELL

En estas piezas de ocasión, muchas de las que redacta tras conocer museos, librerías, teatros y auditorios, hace aparición un Baudelaire antes de los lauros de la posteridad, un poeta in fieri, en ebullición, arbitrario y deslumbrante. El impertinente escritor de periódicos que explora las conmociones y el tránsito entre el planeta viejo y el cosmos moderno. Como es natural, no era entonces un creador rigurosamente anónimo –sus años de dandismo y rebeldía textil lo singularizaron desde el primer instante– pero todavía no disfrutaba (entre el resto) de la condición sagrada de los enormes vates. En aquel tiempo era un crítico que no se dejaba deslumbrar de forma fácil por la noticia y que, receloso frente toda la oratoria heredada, procuraba su estética especial entre grabados, estatuas, cuadros y ciertos libros seleccionados.

En frente de unos mostraba desconcierto y devoción. Frente otros profería descalificaciones y reparos. Merced a esta alternancia (argumentada) practicaba el juicio subjetivo, que afirmaríamos que pertence a las manifestaciones mucho más definitorias del gusto moderno, que siempre y en todo momento es individual. El ojo de Baudelaire no descansaba. Sus pies, tampoco. Recorría los salones paganos donde los artistas exponían sus proyectos frente a los burgueses y establecía, según fuera su sensibilidad dinámico, pautas estéticas. Todo este material de situación, desarrollado sin intención de permanencia ni de eternidad, es en este momento objeto de una colosal compilación, confiada al traductor José Ramón Monreal, que la editorial Barranco, en uno de esos alardes sutiles que son marca de la vivienda, ha compendiado en Escritos sobre arte, literatura y música (1845-1866).

Baudelaire

Hablamos de entre los libros del año que en este momento acaba, firmado por un tradicional moderno y un excelente ejemplo del honorable ejercicio de la filología. El volumen –985 páginas en papel biblia, entre auténticos, notas y también índices– reúne todo. Están los conocidos Salones, las crónicas críticas de las exposiciones fin de siècle donde sus contemporáneos competían por la gloria; sus estudios sobre autores incontrovertibles, como Víctor Hugo, Théophile Gautier, Flaubert o Edgard Allan Poe, al que logró de embajador en toda Francia. Su biografía sobre la figura de Delacroix. Sus encomios a favor de Manet o Guys. El ensayo en prosa que dedicó a El pintor en la vida actualizada y otras maravillas, como un tratado sobre la risa en el arte.

Todas estas proyectos exhibe entre las caras del poliedro Baudelaire y prueba las encrucijadas donde coincidieron el crepúsculo del romanticismo, los tiempos del impresionismo y el fuego mudo del simbolismo. Al poeta francés se le va a poder acusar, entre otros muchos defectos, del desvarío del egocentrismo, pero jamás de simulación: su juicio sobre el arte de su hora es audaz, personal, indudablemente parcial –no fue jamás un hombre de panorámicas, sino más bien un arquitecto que trabajó con extractos– y refractario al falso mito de la objetividad. En definitiva: un testigo libre y sin ataduras de la profunda transformación que sucedía en el arte. Para él, la visión fue más esencial que la erudición y las experiencias vividas enfrente de un cuadro o al oír a Wagner mucho más trascendentes que los entendimientos sobre técnica.

Homenaje a Delacroix (1864) : FATIN LATOUR. Baudelaire (el último sentado del lado derecho)

Homenaje a Delacroix (1864) / FATIN LATOUR. Baudelaire (el último sentado del lado derecho)

Lejos de la academia y cerca del barro de la calle, Baudelaire busca aquí el desconcierto. Persigue la consistencia del sentido. Ansía comprender de qué forma la localidad actualizada reemplaza a la naturaleza (idealizada) como nuevo ámbito. Varios de los especialistas en su obra establecen un sistema de espéculos y paralelismos entre esta literatura crítica y sus producciones. El juego es lícito, en ocasiones fecundo, pero no ya no es un divertimiento del talento extraño. El poeta, como enseña con solvencia Giovanni Macchia en el prólogo que muestra la edición de Barranco, descreía tanto de Voltaire como de Rousseau. No escondía su admiración por De Maistre, el filosofo reaccionario, y nunca confió en las promesas de la Ilustración.

Insolente de alma, proclamaba que los artistas elegíacos eran unos inmejorables ruines. Se movía impulsado por el asco y la furia que le provocaba la disolución de los asideros estéticos. No temía trabajar con el rencor personal como material artístico. Por todas partes entonaba su confesión: “Yo soy extraño al planeta y a sus cultos”. Resulta inaudito que desde esta atalaya periférica, sine nobilitate, nómada, articulase una reflexión tan profunda y perdurable sobre la creación de su temporada y anticipase el contexto en el que en este momento todos habitamos. Su ideal no era la ciudadanía actualizada –si bien en el final terminara siendo su epítome–, sino más bien la vida del hombre salvaje, asilvestrado, que mantiene un justo nivel de fiereza, y por consiguiente de vericidad, entre toda la basura de los buenos deseos de los primeros progresistas.

Fotografía de Charles Baudelaire (1855) / NADAR

Fotografía de Hables Baudelaire (1855) / NADAR

De haber habitado en la galaxia de lo políticamente preciso, la cabeza del poeta francés, podría haber sido guillotinada al lado del Sena. Tuvo una mejor suerte: su personalidad provocaba de forma frecuente el escándalo, pero este no puso en riesgo su historia, salvo en el momento de los excesos carnales, químicos y pasionales. Para él, todo futuro que prescinde de su pretérito, igual que una sociedad que deja de ver los principios de la aristocracia (de espíritu), es un tiempo erial y tétrico. En determinado sentido, todos vivimos ahora en esta placenta, donde el arte se festeja por los temas que predica o se valora en función de su cotización bursátil.

La pintura, la música o la literatura, que a fines del XIX transitaban desde el mecenazgo al pensamiento industrial, no tienen la posibilidad de prescindir sin parar de ser lo que son, de su llama espiritual. La auténtica ruina de una cultura –piensa el poeta– pasa en el momento en que el mito del avance perpetuo envilece los corazones terrestres. Esta profecía puede interpretarse, mucho más de un siglo y medio tras la desaparición de Baudelaire, como el prólogo del zeitgeist de este nuevo siglo digital, condicionado por una tecnología que cuestiona la realidad sanguínea de lo humano y considera la melancolia por la tradición como una mueca.

Cómic sobre Baudelaire de Laura Pérez Vernetti : LUCES DE GÁLIBO2

Cómic sobre Baudelaire de Laura Pérez Vernetti / LUCES DE GÁLIBO2

Tanta perspicacia para comprender su presente, y predecir el nuestro, solo puede adquirirse pagando un altísimo precio: la sin limites soledad que siente el poeta entre la ingente multitud de las masas urbanas. “Había que proseguir siendo un beato y un enorme hombre por uno mismo. ¿Y la gloria? La gloria era continuar siendo uno mismo y prostituirse de una manera especial. El honor de la soledad nacía en el hombre del insuperable exitación de prostituirse. Él desea ser 2. El hombre de genio desea ser uno: solitario”, enseña Macchia.

Baudelaire encarna este arquetipo: mira al infinito mientras que es sacudido por la vulgaridad de lo diario, tal y como si tuviese un pie en la orilla del ideal y otra en el quicio roto del spleen. Su literatura nace en esta turbina, equivalente –como escribió Félix de Azúa– a la nuestra. En ella está el drama del crepúsculo del romanticismo, la conversión de la vida en un inmenso bazar, decepciones, sombras, devociones terroríficas –los contenidos escritos aplicados a la obra de Poe son un excelente ejemplo de lo que Harold Bloom llamó la anatomía de la predominación– y un sinfín panoramas convulsos. Metales pesados cuya carga únicamente cabe aguantar a través de la risa.

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Varios leyentes suponen que el rostro atormentado de Baudelaire, su mechón de pelo caído sobre la frente despejada, como detallan ciertos de sus retratos, es la antítesis, el negado, del humor, excepto la manera de la mueca. Es falso: escribió, como exhibe esta compilación de críticas artísticas, sobre los tempranos caricaturistas franceses, reyes (sin corona) de la prensa decimonónica. Y en esta literatura de periódico nos obsequia un ensayo sobre lo cómico como manifestación diabólica  –De la esencia de la risa– antológico. En sus páginas el poeta francés se retrata: “El sabio solo ríe en el momento en que está tremiendo”. Un fusée.