Se encontraba yo antes de ayer en Barcelona, comiendo con unos amigos, y, para ser exacto, agregaré que en concreto me comía unos huevos fritos con patatas, en el momento en que mentaron que Marcelo Cohen está muerto. De lo que no me había enterado.

Voy a dedicar unas líneas a evocarlo como ahora hice hace un tiempo en el períodico El País y después en mi libro Lo que cuenta es la ilusión; con estas, ya que, son tres ocasiones; y son escasas, pues sus novelas, que se editaban en España y tenían prestigio pero alcanzaban una difusión achicada, hubiesen justo que se charlase mucho más y mejor de ellas. Simplemente no terminaban de “caer bien”, igual que, sospecho, hubiesen podido caer realmente bien. Es la mala suerte. De la que a propósito él jamás se quejó. No se quejaba.

Afirmaré algo de Marcelo Cohen, que era un óptimo escritor, un pensador capaz y una aceptable persona, y ahora me sugiero no redactar jamás mucho más de la desaparición de un amigo que se marcha, pues comienzan a ser bastantes, y tampoco soy de los que les agrada encaramarse a los ataúdes para parecer mucho más altos, si bien logre semejarlo.

Escritor argentino en Barcelona

Cohen publicó en Barcelona sus siete primeros libros. Se puede decir que es tan barcelonés como argentino. En el momento en que salió El objetivo de lo mismo, Fogwill, que no era un hombre exactamente azucarado, escribió que “la mejor literatura argentina se está escribiendo en Barcelona”, y se refería a él. No es poco elogio, teniendo allí en Argentina muchos escritores magníficos y “modernos” como ellos 2, Cohen y Fogwill. ¡Muchos, y varios de ellos son tan particulares!

El escritor Marcelo Cohen / ACANTILADO

En lo que se refiere a Cohen, practicaba un género de ficción fabulosa, sombría, y oblicuamente política, vinculada con Ballard, de quien pienso que tradujo alguna novela; él definió su género como “sociología fabulosa”. Semeja una contradicción en sus términos, pero es cierto que sus vocalistas de tangos hologramáticos (“Memorables veladas”) o sus manadas de miserables que asaltan a los turismos que pasan por la autopista que cruza un país destruido, semejan sacados de exploraciones del futuro y retratan un planeta que es, por emplear sus expresiones, “igual que este planeta, en cinco minutos”.

Autodidacta, se había venido a Barcelona –ignoro las causas– un par de meses antes del golpe para derrocar al gobierno del general Videla, y ahora se quedó aquí a lo largo de veinte años. Escribió aquí sus primeros libros y se dedicó al periodismo no ahora cultural sino más bien propiamente intelectual, (redactor jefe de El viejo topo, nada menos, y colaborador de la prensa). Abandonó estas colaboraciones en los diarios yo pienso que pues el nivel de abstracción de sus medites, su manejo conceptual, quedaban fuera del alcance del gusto “para todos y cada uno de los públicos” propio de los últimos tiempos.

Jugador de tenis

En lugar de eso se dedicó a traducir (del inglés) novelas y poesías de enormes autores. Dónde aprendió la lengua inglesa, no lo sé. Pero he constatado que sus traducciones son geniales, estrictas, de una confiabilidad absoluta (y en ocasiones, apasionantes). Su nombre en la primera plana es garantía de calidad, y del mismo modo que en relación salía una novela suya la adquiría, en relación veía un libro donde afirmaba Traducción: Marcelo Cohen, lo adquiría sin dudar.

Frustración grande toda vez que deseo obsequiar sus ediciones de Larkin y están agotadas. A Marcelo Cohen si bien fuera un intelectual tan alto asimismo le agradaba bastante el fútbol para verlo y comentarlo en el bar, mientras que tomaba café; y el tenis le agradaba para jugarlo –al menos en el momento en que éramos vecinos en el Putxet, y entonces yo en ocasiones lo veía bajar la calle con la raqueta bajo el brazo, tal y como si fuera un señorito inglés, y aquella imagen me encantaba.

Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

Él vivía en Barcelona una bohemia parca pero que me da la sensación de que era aproximadamente desenvuelta, y sin proyectos de regresar a Buenos Aires, hasta el momento en que de casualidad pasó unos días aquí Graciela Speranza, que entonces no era la autora y escritor de guiones magnífica que es en este momento. “Me vuelvo a Buenos Aires”, me ha dicho Cohen, rebosante de felicidad, “¡Me enamoré!”

Nobleza nada de españa

Y formaron una pareja admirable. Y todo cuanto me remite a él me semeja admirable, refinado, distinguido, como aquellas bajadas de la calle con la raqueta bajo el brazo o como esta breve explicación de por qué razón rompía con la inercia de veinte años y se volvía a su país. Yo asimismo me enamoré de Marcelo Cohen y de Graziela Speranza, que eran 2 intelectuales de izquierdas verdaderos, tan serios con la literatura, tan solidarios con su gente, el género de personas que son “la sal de la tierra”.

Recuerdo que, recién salido el Borges de Bioy, Marcelo no apreciaba ni al biógrafo ni al biografiado, sino más bien todo lo opuesto. Pero, con la salvedad de casos de este modo, por otro lado tan entendibles dada la última historia de Argentina, él tenía un aspecto de carácter de una nobleza nada de españa: no charlaba mal de absolutamente nadie. Le interesaba mucho más entender. Observaba todo con curiosidad simpática y distante. Era el lado “zen” que ciertos vieron en él. Quizá en el cielo se ha reconciliado con esos 2 colosales.

Por ahora yo prosigo viendo con estupor esos 2 soles gemelos, esos 2 huevos fritos. Que va a haber que comer fríos, tal y como si fuesen esos callos a la forma de Oporto del poema.