Corren tiempos de hipérbole y dramatización. La resolución del pleno del Tribunal Constitucional, por una ajustada mayoría de 6 a 5, de organizar la retirada de las enmiendas en el trámite del Senado que alteraban su renovación fué recibida con enorme indignación y aspaviento por la parte de la izquierda política y mediática. Se dijo y escrito que nos encontramos asistiendo por fin de la separación de poderes, de la democracia en España y de no sé cuántas cosas mucho más. Honestamente, no comparto ese alarmismo, si bien la erosión institucional es grave y alarmante. No es que me agrade el fallo del tribunal, ya que no comprendo la imperiosa necesidad de las cautelarísimas. No obstante, está claro que la forma como se deseaba reformar 2 leyes orgánicas tan esenciales, por más que la meta fuera romper el injustificado y también poco responsable bloqueo al que la derecha tiene sometidos a los órganos constitucionales, era una chapuza que antes o después podría haber sido declarada inconstitucional. Quisiera que de ahora en adelante se abandone esa técnica torticera de cambiar leyes utilizando cualquier otra reforma, sin respetar las formas, asimismo por la parte del PP, que lo ha practicado anteriormente. Que el Gobierno mezclase en un mismo acto la renovación del TC con la reforma del Código Penal para los delitos de sedición y malversación unicamente se podía comprender como una forma de camuflar lo que claramente era una resolución que para Pedro Sánchez tenía un coste entre parte de su electorado, desconcertado antes algunas cesiones incomprensibles a ERC. Como táctica era hábil: se polarizaba el enfrentamiento y el foco mediático pasaba a ponerse en lo primero y no en la sedición/malversación. Precisamente de este modo ocurrió. Pero la jugada le ha salido mal pues la mayor parte conservadora del TC no se encontraba preparada para capitular sin ofrecer una última guerra. La izquierda se ha equivocado cogiendo un hatajo lleno de trampas, especialmente el ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, que amontona varios fallos y semeja estar muy mal informado en temas jurídicos, en concreto sobre el recurso previo de inconstitucionalidad, cuya supresión esgrime como razonamiento para asegurar que el TC se ha saltado la Constitución. En este momento toca realizar las cosas bien, sin atropellar el derecho a la participación parlamentaria de la oposición. Es obvio que la calidad jurídica del presente TC tampoco es la mejor de siempre. Lo hemos visto en el momento en que declaró nulo el estado de alarma para realizar en frente de la pandemia, dejando como única opción alternativa el estado de salvedad. Fue un genuino disparate. Hace unos años que urge una reforma constitucional, pero como observamos es realmente difícil, aun para temas inferiores, terminológicos o cuestiones que técnicamente no suscitarían muchas disconformidades. Vamos cavando un pozo poco a poco más hondo de inoperancia y bloqueo. La mayor parte parlamentaria que mantiene al Gobierno no posee otra que acatar, quejarse sin dramatizar, y entre todos bajar el tono disonante que no se utiliza para nada.