Cuanto mucho más complacientes se detallan los socialistas con sus asociados parlamentarios de ERC, estos en peores apuros les ponen. Lo último es el mensaje navideño de Pere Aragonès, con el aviso de que en 2023 la Generalitat impulsará un enorme enfrentamiento de país para comenzar a caminar hacia otro referéndum de autodeterminación. Nuevamente, se sacó de la manga eso de que hay un enorme consenso en la sociedad catalana sobre el derecho a tomar decisiones, y de que por consiguiente en este momento hablamos de pactar desde adentro el de qué forma y cuándo de una votación vinculante donde la que se logre decantarse por la independencia. Aragonès invocó como referente la ley la claridad canadiense (2000), que nada debe con lo que él ofrece, entre otras muchas cosas por el hecho de que lo único claro de tal artículo es que las condiciones para un hipotético referéndum de secesión las fija el gobierno federal de Otawa. La mejor prueba es que desde 1995 no se volvió a llevar a cabo ninguna otra votación secesionista en Québec, ni de manera pactada ni unilateral. Pero no solicitemos peras al olmo, ahora hemos visto a lo largo del procés que los líderes independentistas carecen de solvencia intelectual y tienen la capacidad de entremezclarlo todo.

En todo caso, Aragonès afirma que la Generalitat en 2023 va a regresar a la agitación y la publicidad, que es lo que mejor saben realizar los soberanistas con el dinero público. En la Moncloa debieron sentir un escalofrío colosal pues ERC le termina de ser útil al PP la campaña con el razonamiento de que Pedro Sánchez se ha puesto en compromiso a autorizar una solicitud secesionista. Los cambios en el Código Penal, con los que los republicanos se sienten muy satisfechos, ya que aseguran que han producido efectos muy similares a la amnistía que reclamaban, son fundamento para opinar que la negativa inicial socialista puede transformarse en un sí final bajo algún género de fórmula en este momento inimaginable. Francamente, ahora lo he dicho en otras ocasiones, algo de esta forma me semeja impensable ya que, si bien el líder socialista quisiese, que no lo creo, simplemente no puede. Es exactamente lo mismo que lacónicamente respondía Mariano Rajoy en el momento en que alguien le preguntaba sobre el dichoso referéndum, “ni deseo ni puedo”. Pero en política, la carencia de probabilidad se paga, y el presidente del Gobierno ha perdido varios enteros en este asunto por el hecho de que ha acabado realizando cosas que van en la dirección contraria a eso que prometió en campaña electoral.

Después del aviso de Aragonès, la manera más óptima que tienen los socialistas de probar que nunca van a permitir con la celebración de un referéndum de autodeterminación es rechazando los Capitales catalanes para 2023. Por el hecho de que esa próxima campaña de la Generalitat, agitando nuevamente el derecho a tomar decisiones, se va a pagar con dinero público, claro está. ¿Puede el PSC votar en pos de unos Capitales que dispondrán de una partida para ese fin? Ni por congruencia ni sentido de la estrategia debiesen llevarlo a cabo. Salvador Illa tiene en este momento un razonamiento de peso para negar unas cuentas que, con referéndum o sin él, son el obsequio de la legislatura para Aragonès, que rige con solo 33 miembros del congreso de los diputados. Fracasado nuevamente el Govern independentista de ERC y Junts, lo razonable en un país habitual sería convocar selecciones. El líder del PSC está en frente de una enorme ocasión, la mejor asimismo en términos electorales para él y su capacitación: reclamar selecciones catalanas antes de las municipales, que de realizarse muy probablemente ganaría. ¿Va a saber coger esta pelota y rechazará los Capitales? Temo que no.